El Samurái de Luis
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por Hernán Rago
A los 70 años partió hacia la eternidad Aníbal «La Vieja» Barrios, uno de esos personajes entrañables e imprescindibles que nos regaló el rock argentino. Fue mucho más que un plomo: fue asistente, amigo incondicional, confidente y, como solía decirse, el verdadero samurái de Luis Alberto Spinetta.
Aníbal comenzó su camino en la música en los años 70 como plomo de la banda Banana, donde conoció al “Toro” Martínez. Fue él quien más tarde lo incorporó a su compañía de sonido. Durante la histórica reunión de Almendra en 1979, Barrios conoció a quien se convertiría en el centro de su vida: el Flaco Spinetta. Desde entonces, sus caminos no volvieron a separarse.
«La Vieja» se transformó en una figura omnipresente dentro del universo de Spinetta. Siempre atento, siempre firme, era el guardián absoluto del escenario y del estudio de gabación. Se encargaba de que todo estuviera perfecto para que Luis pudiera desplegar su magia musical sin interrupciones ni contratiempos. Con una férrea ética de trabajo, una nobleza a prueba de todo, un humor ácido y frases inolvidables, se ganó el respeto y el cariño de todos los que lo conocieron.
Una mención aparte merecen sus famosos mates, considerados los mejores del ambiente. Tan así que el propio Spinetta los llamaba “mates Crown”, comparándolos con las consolas de sonido de altísima calidad de la marca británica.
Tras la muerte de Luis, Aníbal entró en una etapa difícil. Toda su vida había girado en torno al Flaco, y su ausencia dejó un vacío inmenso. Fueron años duros, atravesados por el dolor y la nostalgia, pero también por el afecto de muchos amigos y, en especial, por el amor incondicional de su compañera Mirta, quien lo sostuvo hasta el final.
Hoy, el cielo está de fiesta. Porque por fin alguien va a poner en orden los cables y equipos de todos los músicos que ya están allá arriba. Y el Flaco, feliz, va a recibir a su samurái eterno, con sus mates incomparables y su lealtad inquebrantable, para seguir cuidando su música… por toda la eternidad.
Foto: Sandra Calandrino
