Julian Emmanuel Montes: el bajo entre el nu metal, el trap y la nueva escena argentina
11 minutos de lectura
por Luis Mojoli
Julian Emmanuel Montes pertenece a una generación de músicos que redefinió el lugar del bajista dentro de la música argentina actual. Su recorrido cruza el under porteño, las jams, el funk, el metal, el hip hop y los escenarios masivos de la música urbana.
Integrante de la ATR Band junto a Ca7riel y Paco Amoroso, actual bajista de Duki y músico sesionista en proyectos vinculados a Marilina Bertoldi, Livin’ Soul Project, Gonzalo Aloras, Montes construyó una identidad donde el bajo no aparece solamente como sostén armónico, sino como una voz con peso propio.
Su historia empieza mucho antes de los estadios. De chico quedó marcado por MTV, por el impacto de Flea, Robert Trujillo, Fieldy y toda la escena del nu metal de fines de los 90. Pero hubo una imagen que terminó de definir el rumbo: Diego Arnedo tocando “Qué Tal” con Divididos. Ese slap, esa presencia física del instrumento y esa manera de poner el bajo al frente fueron, para él, una revelación.
En esta charla, Montes repasa su formación, el aprendizaje en las jams porteñas, el vínculo con Ca7riel, la experiencia de Barro, el salto al universo de Duki, la evolución de su sonido, el uso de pedaleras digitales, la inteligencia artificial aplicada a la música y la búsqueda permanente de una identidad desde el instrumento.
Antes de llegar al bajo, tu primer contacto fuerte con la música fue desde la batería. ¿Cómo recordás ese comienzo?
Yo arranqué con la batería a los 11 años. En mi casa siempre se escuchó música y mis primos tocaban instrumentos. Cuando íbamos a la casa de mis tíos, ellos estaban con la batería, las guitarras, los equipos. El primer instrumento que me picó fue la batería. Tomé clases, pero como vivía en departamento no podía practicar mucho. Era imposible tocar una batería ahí sin matar a los vecinos.

¿En qué momento aparece el bajo como instrumento definitivo?
Tengo un recuerdo muy claro. Estaba mirando MTV con mi primo y pasan “Qué Tal” de Divididos. Ahí aparece ese slap de Diego Arnedo y me hipnotizó. Fue algo muy fuerte. Me quedó grabado. Yo dije: “quiero tocar el bajo”. Después mis viejos me compraron mi primer bajo, un combo con un amplificador chico, y ahí arranqué.
Esa primera imagen de Arnedo parece haber sido más que una influencia musical. ¿Fue una forma de entender el rol del bajista?
Sí, totalmente. Porque no era solamente el sonido. Era la presencia del bajo. Era ver que el instrumento podía estar adelante, podía tener carácter, podía ser protagonista. Después yo ya venía escuchando mucho a Red Hot Chili Peppers, a Flea, a Trujillo, a Fieldy de Korn, a los bajistas del nu metal. Todo eso me formó mucho.
Tu generación creció con MTV, con videoclips y con una idea muy física del instrumento. ¿Qué lugar tuvo eso en tu formación?
Muchísimo. Yo soy full generación MTV. Miraba videoclips todo el tiempo. Ahí descubrí muchas bandas que después me marcaron: Red Hot Chili Peppers, Korn, Limp Bizkit, Slipknot, todo ese universo. Eran bajistas con mucha presencia, con mucho ataque, con mucho sonido. Eso se me metió en el ADN.
Después aparece una formación más académica y más amplia. ¿Cómo fue ese pasaje de tocar por intuición a estudiar el instrumento en profundidad?
Primero estudié con Kike, mi profesor de la secundaria, que me ayudó mucho con la técnica y con poner las manos. Después entré a la Escuela de Música Contemporánea y ahí se me abrió otro mundo. Empecé a descubrir a Jaco Pastorius, James Jamerson, el walking bass, Motown, el R&B, el jazz. Yo venía muy del rock, del funk rock y del nu metal. De golpe empecé a entender otros lenguajes.
¿Qué cambió cuando empezaste a escuchar bajistas como James Jamerson o Jaco Pastorius?
Cambió la manera de entender el instrumento. Empecé a escuchar el sonido, el tipo de bajo, las cuerdas, la manera de tocar. Entendí que cada género tiene una forma de ubicar el bajo. No es solamente tocar notas. Es entender el color, el ataque, la intención y el lugar que ocupa el instrumento dentro de la música.
Hablás mucho del sonido, pero también de la relación física con el instrumento. ¿Qué importancia tiene esa conexión mano-bajo?
Para mí es fundamental. Siempre prioricé mucho eso. La conexión entre las manos y el instrumento. Antes de pensar en pedales o en audio, yo pensaba en tocar bien, en que el sonido saliera de la mano. Después viene todo lo demás. Pero si no hay identidad en la tocada, no hay pedal que lo arregle.
En tu recorrido aparece un bajo muy especial: el Fender Jazz Bass 72. Qué representa ese instrumento para vos?
Ese bajo es muy importante. Yo tuve muchos bajos y los fui cambiando, vendiendo, comprando. Nunca generé tanto apego con ninguno hasta que llegó ese Fender. Ahí fue distinto. Lo usé durante años para casi todo. Siempre digo que con ese bajo me entierro. Es mi instrumento más importante.
Antes de los escenarios grandes hubo mucho under, mucha jam y mucha escena porteña. ¿Qué te dieron esos espacios?
Me dieron todo. Yo empecé a ir a jams desde muy chico. Iba a escuchar, a tocar, a estudiar. Te subías con músicos tremendos y tenías que estar a la altura. Eso te formaba. Había una energía muy fuerte, mucha hambre de información, muchas ganas de tocar. De ahí salió mucha gente que hoy está girando con artistas enormes.
En esas jams también aparece tu vínculo con Ca7riel. ¿Cómo fue ese primer encuentro?
Lo conocí en una jam. Yo me subía a tocar el bajo y también rapeaba. Me gustaba mucho el freestyle. Un día veo a un chabón que tocaba la guitarra y rapeaba, y era Cato. Conectamos enseguida. Después empezó a hacer su música y yo le escribí por Facebook: “si vas a tocar esto en vivo, yo quiero tocar con vos”. Y así fue.

¿Qué viste en Ca7riel en esa primera etapa?
Siempre tuvo una cabeza muy especial. Muy musical, muy creativa, muy abierta. Ya manejaba la compu, producía, hacía sus cosas, tenía una visión. En ese momento todavía no era lo que es hoy, pero ya se notaba que había algo distinto.
La ATR Band, junto a Ca7riel y Paco Amoroso, terminó siendo una experiencia clave dentro de la nueva escena. ¿Cómo la recordás?
Fue una experiencia muy fuerte. Había músicos increíbles y mucha energía. Tocamos mucho en 2019, hicimos varios shows y terminamos en Obras, que fue una locura. Era una banda con mucho nivel y también con mucha libertad. Para mí fue un puente muy importante hacia todo lo que vino después.
Después aparece Barro, un proyecto completamente distinto desde lo sonoro. ¿Qué significó para vos entrar en ese universo?
Barro fue una escuela. Fue mi primera banda realmente metalera. Yo venía tocando con dedos, slap, groove, funk, pero ahí tuve que meterme muy de lleno con la púa. Y no como algo accesorio, sino como una técnica central. Tuve que desarrollar precisión, ataque, resistencia y otro tipo de sonido.
¿La púa te obligó a repensar tu manera de tocar?
Sí, totalmente. La púa en el metal tiene un rol muy importante. Hay bajistas que tocan con dedos, claro, pero muchas cosas están pensadas desde el ataque de la púa. En Barro tuve que trabajar eso a fondo. Me abrió un mundo técnico que no tenía tan desarrollado.
En paralelo aparece Duki. ¿Cómo se dio esa convocatoria?
Me llama Yesan, que es guitarrista, productor y director musical de Duki, y me dice que estaban armando la banda. Yo ya venía de tocar con Ca7riel y Paco, ellos me conocían de esa movida. Me convocaron y arranqué. Fue muy fuerte porque enseguida entramos en una escala enorme.
¿Sentís que la adaptación en vivo de Duki tiene algo del nu metal que escuchabas de chico?
Sí, muchísimo. Nosotros encaramos muchas cosas desde ahí. El sonido, las guitarras, la batería, la energía. Además estaba Andy Vilanova, que viene de una escuela pesada, de A.N.I.M.A.L. y Carajo. Yesan también tiene una cabeza muy rockera y metalera. Entonces la adaptación en vivo de Duki tiene mucho de esa energía.

¿Qué cambia cuando una música nacida desde la producción digital pasa a una banda en vivo?
Cambia todo. El desafío es adaptar sin perder la esencia. No se trata de tocar encima de una pista y listo. Hay que encontrar una impronta, un sonido, una estética. En el caso de Duki, muchas canciones se volvieron más pesadas, más físicas, más de banda. Ahí el bajo tiene que encontrar su lugar.
Tu primer escenario grande con Duki fue el Movistar Arena. ¿Cómo viviste ese salto?
Fue una locura. Yo venía de tocar en lugares más chicos, de hacer Obras con Ca7riel y Paco, pero el Movistar fue otra escala. Después vinieron River, el Bernabéu y un montón de escenarios enormes. La energía es impresionante. Pero también pasa algo curioso: cuando tocás para 70 mil personas, la gente se vuelve una masa. En un lugar chico ves cada cara. Son experiencias distintas.
¿Dónde te sentís más cómodo: en el under o en los escenarios masivos?
Me gustan todos. Cada escenario tiene algo. Tocar en River es una adrenalina tremenda porque sabés que estás viviendo algo enorme. Pero tocar para 20 personas también puede ser muy intenso, porque tenés a la gente ahí, mirándote de cerca. Son formas distintas de conexión.
En tu evolución también aparece un cambio fuerte en el audio. ¿Cuándo empezaste a pensar más seriamente en el sonido?
Con Marilina Bertoldi me pasó algo importante. Yo venía de ir con el bajo y el ampli, muy básico. En un show me dijeron: “comprate un pre, algo, porque el bajo sale muy chiquito”. Ahí empecé a armarme: preamp, compresor, octavador, distorsión, filtros. Empecé a entender que el audio también era parte del trabajo profesional.
¿Qué pedales usabas en esa primera etapa?
Tenía un afinador TC Electronic, un compresor MXR M87, un Boss OC-2, un Aguilar Agro, un envelope filter MXR y un Aguilar Tone Hammer como preamp. Esa pedalera la usé con Marilina, con Ca7riel y Paco, y también en los primeros shows con Duki.
Después migraste a pedaleras digitales. ¿Qué te resolvieron?
Me resolvieron muchísimo. Empecé a usar Fractal AX8 y después Quad Cortex. La posibilidad de guardar escenas, cambiar muchos sonidos de golpe, tener todo ordenado y estable para vivo es muy práctica. En un show grande necesitás que todo funcione. Para mí fue una herramienta clave.
¿Eso modificó tu manera de pensar el bajo?
Me dio más posibilidades sonoras. Pero sigo pensando que lo principal está en las manos. La tecnología ayuda, pero no reemplaza la identidad. A mí me sirve porque me permite resolver situaciones profesionales. No me caso con lo analógico ni con lo digital. Si suena bien y funciona, listo.
Además de bajo, en algunos shows también tocás guitarra y sintetizadores. ¿Eso responde a una necesidad del formato actual?
Sí. En Duki somos un trío: Yesan, Andy y yo. Entonces hay cosas que hay que cubrir. A veces no hace falta bajo, sino una guitarra, un sintetizador o un color distinto. La guitarra la siento cercana al bajo. Las teclas me cuestan más, pero si el proyecto lo necesita, lo hago.
¿Cómo ves el lugar del músico dentro de la música urbana actual?
Creo que depende mucho del artista. Hay artistas que salen con pista y funcionan muy bien porque son grandes performers. Pero a mí, como músico, siempre me va a emocionar más cuando hay una banda tocando. En el caso de Duki, creo que la banda le aporta una energía muy fuerte al vivo.
¿Cuánto hay hoy de música y cuánto de producción en un show?
Hay de todo. Hoy lo visual, la escenografía y la producción pesan muchísimo. Pero si hay músicos tocando bien, eso genera otra cosa. A mí me gusta cuando el show tiene impacto visual, pero también una banda sonando de verdad. Esa combinación puede ser muy poderosa.
También hablaste de la inteligencia artificial aplicada a la música. ¿Cuál es tu mirada?
Al principio me generó rechazo. Me parecía raro, incluso me daba bronca. Después empecé a entender que puede servir como herramienta de inspiración. Si usás la IA como punto de partida y después lo transformás, puede estar bueno. El problema es esperar que la IA haga todo por vos.
¿Lo comparás con lo que pasó en su momento con el autotune?
Sí, un poco. Al principio muchas cosas generan resistencia. Después entendés que la herramienta no es buena o mala por sí misma. Depende de cómo la uses. El autotune también fue criticado y hoy es parte de un lenguaje. Con la IA puede pasar algo parecido, pero hay que tener criterio.
¿Qué estás escuchando actualmente?
Sigo escuchando muchas cosas de siempre, pero también trato de estar abierto. Dentro de la nueva escena hay artistas que me interesan. Hay cosas que no entiendo o que hoy no me gustan, pero también me pasó con el trap al principio. Cuando apareció Duki, al comienzo no lo entendía. Después me terminó gustando. Por eso trato de no cerrarme.

¿Qué lugar ocupa hoy Barro en tu presente?
Barro está en pausa porque cada uno está con sus proyectos. Ca7riel tiene una agenda enorme, Alan está tocando con Rata Blanca, Chowy también tiene sus cosas. Pero para mí Barro es un proyecto muy importante. Lo hacemos por amor a la música. Cuando se alineen los tiempos, seguramente volverá.
Y, ¿en qué momento personal y musical estás ahora?
Estoy más enfocado en mi música, en la docencia, en grabaciones y en proyectos propios. Tengo una banda que se llama Nirmata, con la que estamos trabajando material nuevo. También tengo mi música solista. Después de años muy intensos con giras y escenarios enormes, está bueno volver a componer y pensar hacia dónde quiero ir.
Después de todo ese recorrido, ¿qué buscás hoy en el bajo?
Identidad. Para mí el bajo tiene que decir algo. Puede sostener, puede empujar, puede ser protagonista, pero tiene que tener una voz. Eso es lo que sigo buscando: que el instrumento tenga carácter, que tenga una intención y que conecte con la música de verdad.
