junio 27, 2026

¿Para qué estudiar música en tiempos de inteligencia artificial?

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En el marco de sus 40 años, EMBA abrió un debate sobre el futuro de la creación musical.

La inteligencia artificial ya compone canciones, genera voces, escribe letras, produce arreglos y comienza a ocupar un lugar cada vez más importante dentro de la industria musical. Frente a este escenario, surge una pregunta que hoy atraviesa a músicos, productores, docentes y estudiantes: ¿para qué estudiar música en tiempos de inteligencia artificial?

Con motivo de sus 40 años de trayectoria, EMBA (Escuela de Música de Buenos Aires) organizó una conferencia especial, transmitida en vivo a través de su canal de YouTube, para reflexionar sobre uno de los temas más trascendentes que enfrenta actualmente la educación musical.La charla fue coordinada por Vasken Bezazian, fundador y director de EMBA, quien reunió un panel integrado por Alejo Sendra, productor musical y coordinador de la Diplomatura Superior en Inteligencia Artificial aplicada a la Producción Musical de EMBA; Marcelo “Gillespi” Rodríguez, músico y conductor; Juan Eugenio “Cana” San Martín, ingeniero de audio, docente e investigador; Diego Golombek, investigador y divulgador científico; y Tomás Balmaceda, filósofo especializado en tecnología y cultura digital.

Desde el inicio, Bezazian dejó en claro que el objetivo no era discutir si la inteligencia artificial es buena o mala, sino abrir una conversación sobre el futuro de la música y de quienes deciden dedicar su vida a ella. La inteligencia artificial ya forma parte de la música.

Uno de los primeros en compartir su experiencia fue Alejo Sendra, quien relató cómo un cliente le pidió producir una canción sin contratar un cantante. La solución fue utilizar inteligencia artificial para generar la voz. El trabajo cumplió su objetivo, pero dejó una pregunta que atravesó toda la conferencia: ”¿Estuvo bien hacer esto?”. Más que una cuestión tecnológica, el planteo abrió un debate ético sobre los cambios que ya comienzan a transformar el trabajo de músicos y productores.

Una herramienta que también plantea desafíos. Marcelo “Gillespi” Rodríguez diferenció claramente el uso de herramientas de inteligencia artificial que facilitan tareas técnicas, como la restauración o separación de pistas, de aquellas capaces de generar canciones completas. Su preocupación no estuvo puesta en la tecnología en sí, sino en el riesgo de que la producción automática termine inundando el mercado con contenidos cada vez más parecidos entre sí. Al mismo tiempo, sostuvo que experiencias irrepetibles como un concierto en vivo continúan teniendo un valor que ninguna máquina puede reemplazar.

El estudio de grabación también está cambiando. Desde la ingeniería de audio, Juan Eugenio “Cana” San Martín explicó que la inteligencia artificial ya forma parte del trabajo cotidiano de productores e ingenieros. Procesos como la eliminación de ruidos, el control de acoples, la restauración de grabaciones o determinadas tareas de mezcla ya incorporan herramientas basadas en IA. Sin embargo, advirtió que grandes empresas trabajan actualmente en modelos capaces de automatizar parte del proceso de mezcla. Frente a ese escenario, defendió el criterio artístico del profesional como el verdadero diferencial.“La herramienta puede acelerar procesos, pero la decisión estética sigue siendo humana”, fue una de las ideas que atravesó su exposición.

Aprender música cambia el cerebro. Uno de los aportes más originales llegó desde la ciencia. Diego Golombek explicó que estudiar música no consiste únicamente en aprender un instrumento. La práctica musical modifica conexiones neuronales, desarrolla habilidades motoras, fortalece la memoria y transforma la manera en que una persona procesa la información y percibe el mundo.

Por eso planteó una diferencia fundamental. La inteligencia artificial puede ofrecer un resultado inmediato; pero no puede reemplazar el proceso de aprendizaje, de ensayo, de error y de crecimiento personal que implica estudiar música. Una revolución que también interpela a la cultura. Tomás Balmaceda propuso mirar el fenómeno desde una perspectiva histórica. Recordó que cada gran innovación tecnológica generó resistencias similares: ocurrió con la grabación sonora, con los instrumentos eléctricos, con la música electrónica y con muchas otras transformaciones que hoy forman parte de la vida cotidiana.

También abrió un debate sobre la utilización de inteligencia artificial para recrear artistas fallecidos y sobre los desafíos éticos que plantea el uso de voces, imágenes e identidades digitales sin que exista la posibilidad de conocer cuál habría sido la voluntad de esos artistas. Mucho más que una discusión tecnológica.

Aunque cada expositor abordó el tema desde su especialidad, todos coincidieron en un punto central: la inteligencia artificial ya es parte del presente de la música. El verdadero desafío consiste en cómo utilizarla sin perder aquello que hace única a la experiencia humana. La creatividad, la sensibilidad, el criterio, el aprendizaje, el trabajo colectivo y la experiencia de tocar con otros siguen siendo valores que ningún algoritmo puede reemplazar completamente. La conferencia organizada por EMBA dejó una conclusión abierta, pero también una certeza. En un mundo donde producir música será cada vez más fácil, estudiar música seguirá siendo fundamental. No solamente para dominar una técnica, sino para desarrollar una mirada propia, construir una identidad artística y comprender que detrás de cada gran obra siempre existe una experiencia profundamente humana. Más que responder una pregunta, EMBA abrió un debate que apenas comienza y que seguramente marcará el futuro de la formación musical en los próximos años.

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