abril 28, 2026

Jorge Llonch: «Cada generación tiene lo suyo»

9 minutos de lectura

Entrevista: Luis Mojoli

Si todo suena bien, nadie se da cuenta. Si algo falla, sos el primero en quedar expuesto.

De la Trova Rosarina a los escenarios con Charly García, pasando por el trabajo con Fito Páez y Divididos, hasta su rol en la gestión cultural de Santa Fe, Jorge Llonch construyó una trayectoria donde la música y la cultura siempre estuvieron en diálogo. En esta entrevista con Recorplay Música repasa ese recorrido con una mirada técnica, artística y también política.

De Rosario a la música: el origen de una escena

¿Cómo fueron tus comienzos dentro de la música y qué lugar ocupa Rosario en tu formación?

Mis comienzos fueron muy tempranos, en la escuela primaria, tocando en grupos casi como un juego. Después eso empezó a tomar otra forma cuando me vinculé con músicos que terminaron siendo fundamentales en lo que hoy se conoce como la Trova Rosarina. Ahí aparece gente como Juan Carlos Baglietto, Adrián Abonizio y Rubén Goldín, que para mí son pilares absolutos.

Rosario tenía algo muy particular: era una escena muy rica, muy identitaria. Había una búsqueda estética y poética muy fuerte. Si vos me preguntás por la esencia de esa generación, yo siempre digo que la poesía de Abonizio es de las cosas más profundas que dio el rock argentino en términos de identidad rosarina.

También ahí conocí a un pibe muy chico que venía a los ensayos, se quedaba escuchando y se llevaba un teclado para practicar: era Fito Páez, que tenía 14 años. Ese tipo de cosas hablan del caldo cultural que había en ese momento.

Screenshot

En ese contexto aparece también Irreal, una banda clave en esos primeros años, pero que merece una aclaración.

«El Irreal original, el verdadero, era el que tenía a Adrián Abonizio como cantante”, recuerda Llonch. Esa formación, activa desde mediados de los 70, es la que define el ADN más profundo del grupo dentro de la historia del rock rosarino.

Más adelante, ya hacia fines de los 70 y comienzos de los 80, se arma otra etapa con nuevos músicos —entre ellos un muy joven Fito Páez— que continúa utilizando el nombre.

«Con el tiempo entendés que usar el nombre de una banda anterior no está del todo bien. En ese momento éramos muy pendejos, no lo pensábamos así”.

Ese mismo período también estuvo marcado por experiencias de autogestión poco conocidas: giras compartidas con bandas de otras ciudades, como un grupo de Tucumán y otro de Bernal, donde viajaban juntos, tocaban en distintas provincias y convivían durante días.

«Era como un trío inseparable. Íbamos a Bernal, a Tucumán, después a Rosario. Todo en colectivo. Era una convivencia maravillosa y también una forma de abrir la cabeza”.

Luis Alberto Spinetta: cercanía, ruta y una historia íntima

Mencionaste tu vínculo con el Flaco. ¿Cómo fue ese encuentro?

Al Flaco lo conocí a través de Fito, en una época en la que él no tenía banda estable. Esto habrá sido entre el 84 y el 85. Nosotros veníamos armando giras por la provincia de Santa Fe, tocando por muchos pueblos, y en un momento se sumó.

Hicimos una gira muy larga, de más de veinte fechas. Viajábamos todos juntos en colectivo, en un plan muy de camaradería. En los shows, en medio del repertorio, él tocaba tres o cuatro temas suyos. Era algo muy natural, muy desde la amistad con Fito.

Lo interesante es que ahí lo fuimos conociendo de verdad, en la convivencia. No era la figura mítica: era un tipo cercano, sensible, muy particular.

Hay una anécdota increíble con eso. A él no le gustaban mucho los hoteles, y en una de esas giras terminó quedándose en la casa de mi mamá, Chichita. Nosotros estábamos parando en un hotel cercano, pero él prefirió quedarse ahí.

Luis Alberto Spinetta (izquierda) y Jorge Llonch

Se puso a cocinar milanesas con mi vieja, charlando como uno más. Era una escena totalmente surrealista si la mirás hoy: Luis Alberto Spinetta en una casa de Rosario, cocinando en familia.

Después salíamos, íbamos a tomar algo por la noche rosarina, y se armaban encuentros muy espontáneos. Recuerdo particularmente una noche con Fito, mi hermano Fabián, Luis y yo, en un bar del centro. Esos momentos quedan para siempre.

Con el tiempo, cuando hablábamos con Fito sobre él, siempre aparecía una emoción muy fuerte. Era una persona muy querida, muy profunda. De esas que dejan marca de verdad.

Yo lo había escuchado desde mucho antes, desde la época de Pescado Rabioso. Ya ahí había algo que te atravesaba. Pero vivirlo de cerca fue otra cosa: entender quién era como persona, más allá del artista.

La dictadura, la música y una generación atravesada

En ese contexto también aparece una realidad política muy dura. ¿Cómo impactaba eso en la vida cotidiana de ustedes como músicos?

Impactaba directamente. Nosotros ensayábamos y al mismo tiempo convivíamos con situaciones muy fuertes. Un compañero nuestro fue detenido durante la dictadura por tener material político en una carpeta. Estuvo desaparecido varios meses.

Eso no era algo abstracto, era parte de la vida cotidiana. Y después, con el tiempo, me tocó desde la gestión resignificar espacios que habían sido centros de detención. Ahí se cierra un círculo muy fuerte entre lo que viviste como joven músico y lo que te toca hacer después desde la política cultural.

Buenos Aires y la explosión de los 80

¿Cómo fue el paso de Rosario a Buenos Aires y el ingreso a la escena más amplia del rock argentino?

Fue un cambio enorme. Buenos Aires en los 80 era un hervidero. Lugares como Café Einstein, La Esquina del Sol o Freedom eran puntos de encuentro permanentes.

Ahí se cruzaban músicos, técnicos, artistas visuales. Era una escena muy experimental. Yo venía con formación en electrónica, lo que me permitió empezar a meterme en el mundo del sonido, primero desde lo técnico y después cada vez más profesionalmente.

Montevideo, una escucha clave

Hay una anécdota muy fuerte en torno a una gira donde Charly García escucha por primera vez música de Fito Páez. ¿Qué recordás de ese momento?

Fue en Montevideo, en medio de una gira. En ese contexto aparece por primera vez para Charly el material de Fito, y uno de los temas que escucha es “Del 63”, que después formaría parte de su primer disco, editado en 1984.

Yo estaba ahí, tenía 23 años, y ya venía siendo muy cercano a Fito desde Rosario. Compartíamos mucho desde la adolescencia, junto a otros músicos como Ricardo Vilaseca.

Lo que tenía ese momento es que no era todavía el Fito masivo que vino después. Era un pibe que estaba empezando, pero que ya tenía una identidad muy marcada. Y verlo a Charly tomar contacto con ese material, en ese contexto de gira, fue muy fuerte.

Son esos cruces que después uno entiende como históricos, pero que en el momento suceden de manera bastante natural.

Charly García: la escuela total

Trabajaste muchos años con Charly García en una etapa clave. ¿Qué significó esa experiencia?

Fue una escuela total. Yo entré muy joven, en la época de ‘Clics Modernos’, y lo que viví ahí fue impresionante. Era una estructura de producción muy avanzada para la Argentina de ese momento, con giras internacionales, tecnología de primer nivel y un nivel de exigencia altísimo.

Charly estaba en plenitud. Los ensayos podían durar horas interminables, había una búsqueda constante. Era un artista que había escuchado todo, que tenía una cabeza musical impresionante. Trabajar ahí era como estar en la primera división permanentemente.

Junto a Charly García

Nueva York y “Cómo conseguir chicas”

¿Qué nos podés contar de las sesiones en Nueva York del disco ‘Cómo conseguir chicas’?

Es importante aclararlo bien: yo no participé como técnico en esas grabaciones. Era una producción de Charly y el trabajo técnico estaba a cargo de Joe Blaney.

Sí estuve presente en algunas sesiones, viendo cómo trabajaban. Y eso fue muy impactante, porque era ver desde adentro un nivel de producción internacional. Más que una participación directa, fue una experiencia de aprendizaje muy grande.

Jorge Llonch y Charly García

El paso al sonido: de músico a técnico

¿Cómo se da ese paso del bajo al sonido profesional?

Se da bastante naturalmente. Yo estudiaba electrónica, entendía cómo funcionaban los equipos, y en un momento empiezo a ser más útil desde ese lugar. Me llaman no tanto como bajista, sino como alguien que podía resolver problemas técnicos en giras.

Ahí empieza una carrera como sonidista que me lleva a trabajar con muchos artistas. Es un rol muy particular, porque estás en un lugar clave pero invisible. Si todo suena bien, nadie se da cuenta. Si algo falla, sos el primero en quedar expuesto.

Divididos: otra etapa, otro sonido

También trabajaste con Divididos. ¿Qué te dejó esa experiencia?

Fue una etapa muy distinta. Con Divididos había una búsqueda muy fuerte desde lo sonoro y también desde lo espiritual en ese momento.

Me tocó trabajar en grabaciones en el norte, en Tilcara, con instrumentos tradicionales, mezclando rock con elementos del folklore. Eso te obliga a repensar todo: cómo microfonear, cómo mezclar, cómo integrar mundos distintos.

Con Ricardo Mollo y Diego Arnedo de Divididos

El desgaste y el cambio de rumbo

En algún momento te alejás de las giras. ¿Por qué?

Porque también hay un desgaste. Las giras son intensas, no solo por el ritmo sino por todo lo que rodea al mundo del rock. En un momento empecé a sentir cierta angustia con situaciones que veía, sobre todo en etapas más difíciles de algunos artistas.

Ahí empiezo a pensar en otra vida, en bajar un poco el ritmo y buscar otro tipo de estabilidad.

Del estudio a la gestión cultural

¿Cómo aparece la gestión cultural en tu vida?

Aparece casi de casualidad. Yo tenía un estudio de grabación en Rosario, y a partir de una nota periodística me convocan desde la Secretaría de Cultura.

Empiezo dirigiendo espacios culturales y después paso a un rol más amplio, coordinando museos, teatros y centros culturales de toda la provincia. Ahí encontré algo que me apasiona: la posibilidad de generar políticas culturales.

Gestión, pandemia e innovación

Te tocó gestionar en un momento muy complejo como la pandemia. ¿Cómo fue esa experiencia?

Fue muy intensa. No podíamos frenar la actividad cultural, entonces desarrollamos formatos virtuales. Hicimos ciclos donde los músicos tocaban desde sus casas y se armaban producciones colectivas.

También implementamos sistemas de “gorra virtual” para que los artistas pudieran cobrar. Y armamos protocolos que después otras provincias tomaron como referencia.

La cultura como continuidad de la música

Mirando tu recorrido, ¿sentís que hay una continuidad entre el músico, el técnico y el gestor?

Sí, totalmente. Para mí todo forma parte de lo mismo. La música te forma una sensibilidad, una manera de ver el mundo.

Después, desde la gestión, lo que hacés es ampliar eso: generar condiciones para que otros puedan crear, para que la cultura circule.

En el fondo, es la misma lógica: entender que la cultura no es un accesorio, sino algo central en la vida de una sociedad.

Una carrera que empezó en ensayos adolescentes en Rosario y terminó cruzando escenarios, estudios, giras y políticas públicas.

La historia de Jorge Llonch confirma algo que atraviesa toda la entrevista: la música no termina en el escenario. Se transforma, se adapta… y encuentra nuevas formas de seguir sonando.

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