mayo 21, 2026

El potrero del espectáculo: Backstage, una colección emocional de Wady Rodríguez

14 minutos de lectura

Más que una autobiografía, Backstage, una colección emocional de Editorial Dunken, es un recorrido honesto por los márgenes reales del espectáculo: el trabajo silencioso, las horas de vuelo y la sensibilidad puesta al servicio del espectáculo y la música. Desde el rol del iluminador y diseñador de shows, Wady Rodríguez narra su camino junto a algunos de los artistas más importantes de la música popular y deja una lección muy clara: en este oficio, el talento se construye en el potrero.

Por Hernán Rago

En la variopinta fauna de libros sobre música y derivados, el de Wady Rodríguez ocupa, sin dudas, un lugar destacado. No solo por ser un gran libro, sino porque logra algo poco frecuente: contar una historia de vida fascinante desde un lugar clave, pero generalmente desconocido del mundo del espectáculo. Es invisible para el gran público —y también para más de un profesional— el rol del iluminador y diseñador de producción.

Escrito con un estilo simple, directo y profundamente efectivo (y afectivo), el libro recorre el camino de un protagonista silencioso pero decisivo en la carrera de artistas enormes. Con una simpatía y honestidad absolutas, Wady narra su recorrido personal, cómo fue atravesando cada etapa, superando obstáculos y disfrutando cada logro sin perder nunca la curiosidad ni la pasión. También comparte con generosidad su filosofía de vida.

Su trayectoria incluye nombres fundamentales de la música popular contemporánea como Soda Stereo, Shakira, Calle 13, Maná y Ricky Martin, por nombrar algunos, acompañándolos, en algunos casos, en su etapa de conquista global. Un viaje intenso, plagado de anécdotas increíbles, reveladoras e inspiradoras.

Todo aquel que se esté iniciando en cualquier área del mundo del espectáculo debería leer este libro para inspirarse y comprender por dónde pasa realmente este oficio. Y más de un profesional consagrado haría bien en leerlo para recordar esto último.


Hernán Rago: Este libro parece atravesado por una idea central: el amor. Amor por tu familia, por tu trabajo y por los artistas con los que compartiste el camino. ¿Es así?

Wady Rodríguez: Sí, es una historia de amor donde conviven todos los amores de mi vida. Separarlos hubiera sido falsear el origen de todo. Contar solo el recorrido laboral, sin la historia personal, era dejar afuera la base del porqué.

Yo nunca pensé en escribir un libro, así que primero miré muchos modelos de biografías. Están las ficcionadas —como la de Fito Páez, que él mismo aclara como tal— y las literales. Yo elegí la más directa, la más honesta, desde el primer día.

Fue una decisión fuerte, porque te deja expuesto, desnudo. Pero también fue liberador. Hay gente que no entiende por qué vivo mi trabajo con tanta pasión, por qué me tomo todo tan en serio. El libro explica eso. Para mí esto no es solo un trabajo: es algo que va mucho más allá. Por eso puedo pasar días enteros metido en un estadio, sin salir, sin dormir. Y creo que en el libro queda claro qué significa todo esto para mí.


HR: En un show, el rol del sonidista suele ser bastante claro para el público. Con la iluminación ya no tanto. Y cuando hablamos de diseño de producción, escenografía y los distintos roles que vos ocupás, la confusión es todavía mayor. Además, en el libro decís que te expresás con las luces. ¿Cómo se explica todo eso?

WR: El sonido es más fácil de entender: sin micrófonos ni sistema de amplificación, el artista no se escucha. Yo siempre intenté hacer exactamente lo mismo que el sonido, pero con las emociones. Cuando estoy en un ensayo y veo la intimidad de una banda, voy tomando nota de qué emoción hay que amplificar. Eso es lo que hago con la luz y con la puesta.

Si estoy con Soda Stereo en una sala y siento ese power, mi trabajo es lograr que el público sienta lo mismo que estoy sintiendo yo, pero desde la última fila del estadio. Por eso digo en el libro que la consola de luces es un amplificador de emociones. Cuando lo lográs, lo sabés: se siente en la respuesta del público, en la vibra, en las ovaciones.

No tengo formación académica en esto. Todo fue un proceso natural, encadenado, muy ligado a mi paso por el teatro y al aprendizaje de los climas, de cómo un cambio de luz modifica lo que sentís. Después llevé esa lógica a los conciertos, que son otra escala, otros espacios, otra energía.

Aprendí a leer gestos, movimientos, anticiparme. Con Gustavo Cerati, por ejemplo, me obsesionaba traducir sus solos en luz y amplificar emocionalmente la magia que salía de esa guitarra. Siempre estuve en esa búsqueda.

Mi rol no está del todo claro, ni siquiera para mí. Diseño shows en hoteles, aviones, camarines. Siempre trabajé de manera muy personal. Intenté armar equipos, pero me costó. Vi cómo trabajaban otros, como Mark Fisher en Londres, con equipos enormes diseñando para U2 o The Rolling Stones, y entendí que ese es el camino ideal. Hoy me encantaría tener un equipo así.

Mi proceso empieza con la música, pero también con el artista. Necesito conocerlo, entender quién es, de dónde viene, cómo es su público. Veo shows, analizo reacciones. No es lo mismo diseñar para Ricky Martin que para Soda Stereo: las emociones circulan por lugares distintos y teniendo clara esa lectura, ya sabes donde poner el énfasis al momento de diseñar.

Trabajo mucho la curva emocional del show. A veces incluso sugiero cambios en el orden de los temas. Hay canciones que necesitan producción para crecer emocionalmente y otras que, por el contrario, piden casi nada. Un cenital puede ser suficiente.

La regla es clara: la producción nunca puede superar al artista. Tiene que ser una proyección de lo que pasa en el escenario. Si el público dice “qué buen show de luces”, algo falló. Vinieron a ver al artista, no a las luces. Ahí es donde sé que me pasé de rosca y hay que corregir.


HR: En el libro contás tu relación con artistas muy distintos entre sí —desde figuras consagradas hasta nombres que estaban dando sus primeros pasos— y aparece una constante: un vínculo muy fuerte, casi de acompañamiento creativo y emocional. Además de los que ya mencionás, ¿con qué otros artistas trabajaste y cómo se construye esa relación tan profunda? ¿Es algo buscado?

WR: Trabajé con muchísimos artistas y en contextos muy distintos, pero siempre volvemos al mismo punto: la conexión.

Un caso muy claro fue Aventura y Romeo Santos. Al principio yo sentía que ese género no era para mí. No lo entendía. Rechacé viajes, rechacé propuestas. Hasta que, casi de manera indirecta, terminé compartiendo un almuerzo con Romeo en Nueva York. Ahí pasó algo clave: empezó a hablarme de trabajos míos que había visto, de momentos específicos, de emociones que yo había buscado transmitir. Y entendí que me estaba convocando por eso, no por el género.

Ahí aparece algo que para mí es central: el compromiso emocional. Me di cuenta de que tenía que acompañarlo, incluso sin que esa música me atravesara de entrada. Me fui al Bronx, caminé el barrio donde nació la banda, escuché la música en contexto y lo entendí todo. Fue revelador. Esa caminata fue el origen del show.

Ese trabajo tenía además un objetivo estratégico: preparar el despegue de Romeo como solista desde la última gira de la banda. Eso es lo que siempre me fascinó: trabajar con artistas que saben hacia dónde quieren ir, pensar el show como parte de una construcción más grande, de un recorrido. A mí me encanta arrancar desde cero, ser parte de ese equipo, acompañar una idea y ayudar a que tome forma. Ahí es donde siento que realmente puedo aportar mucho.


HR: En el libro se repite una idea muy fuerte: para vos, los problemas suelen transformarse en oportunidades. Siempre avanzás, aun en el caos, con una frase que funciona casi como mantra: “Primero hay que sacar el show adelante; después vemos qué pasó”. Hay ahí un mensaje muy potente, sobre todo para los que están empezando. ¿Qué nos podés decir de esa forma de encarar las cosas?

WR: Los que tenemos el privilegio de trabajar en la música debemos tener siempre muy presente, ante todo, el respeto al público: a esa persona que sacó una entrada hace semanas o meses y espera con ansiedad el momento en que se apagan las luces del estadio. No podemos fallar.

Hay veces en las que es necesario que todo el staff se cargue el show al hombro para sacarlo adelante. Lo he vivido, y te juro que esos shows terminaron siendo los más power de toda la gira.

Y en cuanto a encontrar oportunidades en situaciones adversas, un claro ejemplo fue el punto de quiebre que tuvo mi vida al pisar Tijuana, donde quedé varado sin poder volver a Estados Unidos y terminé convirtiendo esa situación en una oportunidad de trabajo única. Aquel día sentí que se me derrumbaba todo y durante mucho tiempo me pregunté por qué la vida me había puesto en ese lugar.

Con el tiempo entendí que era una señal. En Tijuana aprendí a programar luces móviles y encontré mi gran pasión. Cada freno, cada caída, siempre terminó trayendo algo mejor.

Incluso la pandemia. Yo venía a un ritmo muy intenso y necesitaba detenerme. Si no hubiera pasado eso, probablemente no habría escrito el libro ni estaría hoy teniendo esta charla.

HR: En el libro contás, con mucha elegancia, algunos trabajos que decidiste dejar pasar porque no conectaste con el artista ni con su música. Ahí aparece un mensaje muy claro: por más grande que sea la paga, si no lo sentís, mejor hacerse a un lado. ¿Qué nos podés decir de esa decisión?

WR: Soy fiel a mí mismo, a mis convicciones, y no sé mentir. Si no conecto con la música o con el artista, se me hace imposible diseñar un show. Me falta la base; sin eso, la hoja queda en blanco.

No creo que sea una virtud. De hecho, es hermoso que te convoquen para trabajar y no es fácil dar un paso al costado. Pero si siento que no conecto y que no voy a poder dar el 200% de mí, poniendo toda mi creatividad al servicio del proyecto, no dudo en no asumir ese rol.


HR: Después de cerrar una etapa muy intensa de giras en vivo, te instalás con tu familia en Bariloche y empezás a diseñar shows desde otro lugar. ¿Cómo continúa esa etapa, con qué artistas trabajás y, sobre todo, qué significa exactamente para vos “diseñar un show”?

WR: Diseñar un show empieza mucho antes de una luz o un escenario. Empieza con la música: con la lista de temas, con el orden, pero sobre todo con algo que para mí es fundamental… encontrar el alma del show.

Y eso no siempre aparece rápido. A veces tardo semanas, incluso meses, y esa búsqueda puede ser frustrante. Pero cuando finalmente encuentro el alma del show, entro en un viaje sumamente apasionante. Me siento frente a la computadora y pierdo la noción del tiempo y del espacio.

A veces cuando no aparece, salgo a buscarla. Me subo a la camioneta, a la lancha, salgo al lago, a la ruta. Y si con lo que me rodea no alcanza, viajo. No porque un lugar me inspire en sí, sino porque necesito estar donde nació esa música.

Me pasó, por ejemplo, con Calle 13. Estaba en Bariloche, mirando el lago, escuchando el disco y no conectaba con nada. Saqué un pasaje, me fui a Puerto Rico, recorrí los barrios escuchando la música, y ahí apareció el show. Volví al hotel y me puse a dibujar.

Eso es diseñar un show: traducir en imágenes lo que siento al escuchar esa música. Diseño la iluminación, la escenografía, el guion, la dirección artística, el contenido visual. Hago bocetos, storyboards, y recién después abro el juego al equipo. Nada es caprichoso: todo tiene un porqué. Es una respuesta visual a lo que la música y el artista están diciendo.

Trabajé con muchos artistas en esta etapa: Maná, Illya Kuryaki and the Valderramas, Víctor Manuel, Elvis Crespo, proyectos para Disney, Soy Luna y muchos otros. Pero siempre desde el mismo lugar: entender el alma antes que la forma.

A mí me fascina trabajar así: con artistas que saben a dónde quieren ir. Entender que esto también es un negocio, claro, pero usar el diseño como una herramienta para potenciar una identidad, un futuro, una carrera. Diseñar un show, para mí, es eso: darle forma visual a un destino.


HR: Uno de los grandes aciertos del libro es el uso de los códigos QR. ¿Cómo surgió esa idea? ¿Y qué representan todas esas piezas, archivos y recuerdos que aparecen como sorpresas detrás de cada código?

WR: La idea de los códigos QR nació de una necesidad concreta: había cosas que no podían contarse solo con palabras.

No podía llenar el libro de fotos, y además una imagen suelta, sin contexto, pierde sentido. En cambio, encapsular esos materiales y convertirlos en una sorpresa me pareció un recurso mucho más poderoso.

La idea apareció durante la pandemia, en uno de esos viajes a Buenos Aires para buscar cajas y valijas que tenía guardadas en lo de mi mamá. Ya venía trabajando con lo que tenía en casa, pero en la ruta empecé a preguntarme cómo iba a mostrar todo eso, cómo compartirlo. Y ahí apareció la respuesta: los QR. Fue literal. Cuando tuve señal, le escribí a mis hijas y les dije “ya lo resolví”.

Siempre fui muy de inventar, de buscarle una vuelta a las cosas. No inventé el QR, claro, pero nunca había visto un libro que lo usara así. La tecnología llegó justo a tiempo para lo que este libro necesitaba: escaparse de las páginas, volverse un libro vivo. Hoy todos tenemos el celular a mano todo el día, entonces era una forma directa y natural de conectar con el lector desde otro lugar, más lúdico, más emocional.

Además, a mí me gusta dar sorpresas. Lo hago en los shows y también quise hacerlo acá. Que el lector lea algo y, de repente, escanee un código y caiga en ese momento, en ese objeto, en ese recuerdo. Algunos QR incluso te llevan a otros enlaces, a otras capas de la historia. Era ir un poco más allá.

En cuanto a lo que hay detrás de esos códigos, incluso yo me sorprendí. Al ver todo junto entendí que, sin saberlo, estuve documentando mi vida para escribir este libro. No soy un acumulador: guardo cosas muy puntuales, objetos que para mí no son cosas, son emociones. Por eso el libro se llama Backstage, una colección emocional. Cada credencial, cada remera, cada objeto me devuelve un momento, una persona, una etapa.

Mientras escribía, tenía muchos de esos objetos al lado. Ellos mismos me iban contando las historias. Y lo más increíble fue ver cómo eso también conecta con los lectores: recibo mensajes de gente que ve una credencial o una imagen y vuelve a un recuerdo propio. Eso no lo esperaba y es profundamente gratificante.

Al final, creo que todo parte de lo mismo: una necesidad de honestidad absoluta. De abrir la puerta y decir “esto soy, esta fue mi vida”. Y compartirla de verdad.


HR: En el libro no solo da la sensación de que le hablás a tus colegas: también se percibe una intención clara de transmitir experiencia, de dejar algo para los que recién empiezan. Si tuvieras que darles consejos a los nuevos técnicos de la industria del entretenimiento, ¿por dónde empezarías?

WR: Lo primero es preguntarse si esto realmente les apasiona. De verdad. Porque muchas veces uno se cruza con gente que llega a esta industria por frustración, porque no logró ser artista o músico, y termina ocupando un lugar que no es el que soñó. Eso se nota en la actitud. Este trabajo exige entrega total y no se puede hacer a medias. Si no hay amor genuino por lo que hacés, la diferencia nunca aparece.

Si la pasión está, el resto viene solo. Esa entrega es la que te hace marcar un camino propio. Y junto con eso, algo clave: el respeto y la humanidad con los colegas. Este es un mundo muy chico, nos vamos a cruzar siempre. No hay nada más valioso que construir vínculos sanos, reconocer al otro, decirle a alguien que lo admirás y aprender de quienes estuvieron antes. Yo lo hice, y mucho de esas personas vive hoy en mi trabajo.

También me emociona profundamente ver a las nuevas generaciones. El crecimiento de la industria es impresionante y el nivel de talento que hay hoy es enorme. Me gusta acompañar eso, destacar lo que está bien hecho, mandar un mensaje, un gesto. No me siento maestro, pero sí alguien que reconoce cuando el trabajo nace desde un lugar honesto, desde la pasión. Eso se siente.

En cuanto a la formación, hoy existen muchas herramientas que antes no estaban, y hay que aprovecharlas. Estudiar es importante, pero sin descuidar lo fundamental: las horas de vuelo. Empujar cajas, montar equipos, entender cómo funciona realmente cada área. La práctica es irremplazable. Si te quedás solo en la teoría, no alcanza.

Hay que respetar los procesos y no saltear pasos. Conocer el equipo desde adentro, entender sus límites y su potencial. Porque cuando salteás etapas, tarde o temprano la realidad te pone frente a situaciones que no sabés resolver.

Si tuviera que resumirlo: hacerlo desde el amor, con respeto, con humildad y con compromiso real. Cuando trabajás desde ese lugar, siempre llegás: al artista, al público y, sobre todo, a una satisfacción personal que va mucho más allá de lo económico y del nivel de la producción.

Partamos de la base que nosotros no nacimos en Suiza. Nacimos en la Argentina. Venimos entrenados de fábrica para resolver con lo que hay. Abrir la heladera y ver qué se puede inventar. Ese entrenamiento, llevado al trabajo, es un valor enorme, sobre todo afuera. Hacer un show con dos móviles, armar con lo que hay, cumplir varios roles: eso es potrero. Y el potrero forma.

Es como Diego Maradona entrenando entre piedras y barro. Después jugó en las mejores canchas del mundo, pero sin el potrero no habría sido lo mismo. En nuestro rubro pasa igual: cargar equipos, equivocarse, resolver sobre la marcha, todo eso son herramientas que después te distinguen.

Yo siempre les digo a los chicos: no se peleen con esa realidad. Abrácenla. Eso que hoy los frustra es, en realidad, su mayor potencia. Es Aikido puro: usar la fuerza en contra a tu favor. Si entendés eso, el camino se vuelve mucho más claro.

El libro se consigue en:

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