mayo 28, 2026

Rodrigo Gómez: “Para mí el arte tiene que generar preguntas, no respuestas”

13 minutos de lectura

Por Luis Mojoli.

El baterista y líder de Proyecto Gómez CASA habla de su relación con la batería, la escena, la performance, Piazzolla Electrónico, Melingo y una vida atravesada por la experimentación.

Rodrigo Gómez no piensa la música como un hecho aislado. Para él, tocar la batería es apenas una parte de un sistema mayor: cuerpo, ropa, luces, objetos, escena, tecnología, movimiento y riesgo. Ex baterista de Gordoloco Trío y Open 24, líder de Proyecto Gómez CASA e integrante de proyectos junto a Nicolás Sorín, Daniel Melingo y Jaz Coleman, Gómez construyó una identidad artística donde el instrumento convive con la performance y la búsqueda sonora permanente. Desde chico, la batería apareció como una extensión natural del cuerpo. “Casi no me recuerdo sin tocar”, dice. Pero también apareció otra inquietud: la transformación escénica. Vestirse, intervenir el cuerpo, ocupar el espacio y pensar el escenario como un territorio donde todo comunica.

Rodrigo y Recorplay.

“La batería es una de las herramientas que tengo”

¿Qué apareció primero: el músico o el performer?

Mi lado músico fue el primero, pero fue todo muy junto. Yo siempre viví lo artístico como algo muy performático. Desde muy chiquito tocaba. Empecé a estudiar formalmente batería a los siete años con Oscar “Black” Dauria, baterista de Sandro y gran maestro. Pero antes ya tocaba bombos de cuero, acompañaba folclore, porque en mi casa se escuchaba mucho folclore. Casi que nací tocando. Al mismo tiempo, de chico jugaba con las amigas de mi hermana, me vestía de mujer, me ponía pollera, me pintaba las uñas. No tenía que ver con una búsqueda de identidad sexual, sino con cómo la ropa me transformaba, cómo me abría una puerta lúdica. Me hacía moverme distinto, caminar distinto, jugar distinto. Eso también es artístico para mí. Cuando subo al escenario, la batería es una de las herramientas que tengo. Agarrar los dos palos y los dos pedales es una parte. Pero también pienso qué ropa voy a usar, cómo me voy a mover, cuándo me voy a parar, cómo van a estar las luces, si va a haber visuales, cómo se ocupa el espacio. Cuando se abre un telón pasa algo mágico. Puede durar un rato y te puede cambiar la forma de ver las cosas.

Uno va a ver una banda, no solamente a escucharla»

En tu obra lo visual y lo escénico tienen un peso muy fuerte. ¿Sentís que eso refuerza la música?

Totalmente. Para mí no distrae, refuerza. No es lo mismo que alguien grite sobre una guitarra distorsionada que sobre un arpa. No es lo mismo que grite con un traje negro, con un traje blanco, con sangre, con un cuchillo en la mano o con un teléfono. No es lo mismo que grite desnudo, tapado, de espaldas o de frente.Uno va a ver una banda, no solamente a escucharla. Históricamente, mucho de lo que provocaban ciertas bandas tenía que ver con un frontman que la rompía. Bowie, Michael Jackson, artistas que mutaban, que tenían desarrollo escénico.

Yo tuve la suerte de ver a Bowie en vivo y no me distraía que entrara vestido de blanco. Al contrario: me metía más en el viaje. Hay artistas actuales como Dillom, Juana Rozas, Marilina Bertoldi o K4 que entienden la performance porque parte de lo que tienen para contar es escénico. Necesitan de lo visual para terminar de contar lo musical. “No hace falta una pantalla gigante: hace falta una idea”. Muchas veces se piensa que una propuesta visual necesita grandes recursos técnicos. No. En Buenos Aires hacemos todo con lo que tenemos. Podés tocar en un lugar chiquito y aun así generar una propuesta estética. Podés hacer un show a la luz de las velas, tocar en el medio del salón, sacar las mesas, usar ropa de neón o trabajar con sombras. No hace falta una pantalla de veinte por diez ni una planta de luces enorme. Hace falta una maldita idea. Depende del artista ocupar el hecho artístico. El arte no aparece solo caminando por la calle: se genera. Para mí el arte es la necesidad de generar preguntas todo el tiempo. Si voy a ver un show y me voy con respuestas, me molesta. Yo quiero irme de una película, de un libro, de una performance o de un concierto con preguntas en la cabeza.

De las guías telefónicas a una batería real, Tu formación como baterista empezó muy temprano. ¿Cómo fue ese camino?

Estudié con Black Dauria desde los siete hasta los doce años. Después entré a la Orquesta de Cámara Estudiantil de Buenos Aires y toqué ahí desde los doce hasta los diecisiete. Teníamos dos ensayos por semana y un show cada quince días. A los trece ya tenía muchísimos conciertos encima. Mi primera batería fueron guías de teléfono. Como mi familia era portera, no teníamos un mango y vivíamos todos en una habitación. Yo me armaba una batería con pilas de guías telefónicas porque el lomo tenía un rebote parecido al parche. Estudié así durante mis primeros años, sin sonido. Pero eso me abrió la imaginación: le pegaba a las guías e imaginaba sonidos que no eran necesariamente de batería. Recién tuve mi primera batería real a los doce. Para comprarla vendí una pelota de fútbol y una bicicleta. Black me dijo que las compraba para regalárselas a su ahijado. Años después descubrí que nunca tuvo ahijado: las había comprado para ayudarme a tener mi batería. Ese gesto me marcó muchísimo.

Gordoloco, Open 24 y la búsqueda de una identidad, antes de Proyecto Gómez CASA pasaste por varios proyectos importantes.

Sí. Tuve bandas desde los doce años. Una de las primeras más visibles fue Refinado Tom, después Gordoloco Trío, que era un trío de jazz experimental, deforme, electrónico, medio punk y vanguardista. Éramos trompeta, bajo y batería, y yo además cantaba. Sacamos un disco en 2002 y tuvo bastante repercusión dentro del under. Después vino Open 24, con los hermanos Cutaia, hijos de Carlos Cutaia. Al principio era un septeto más funk, donde tocaba Pipi Piazzolla. En un momento Pipi no pudo seguir y me llamó para reemplazarlo. Terminamos transformando todo en un power trío muy escénico, con tubos de luz que manejábamos con pedales. Era una mezcla rara: Beastie Boys, hip hop, Black Sabbath, Led Zeppelin. Muy adelantado para ese momento.

Proyecto Gómez CASA: la casa como disco, el escenario como laboratorio¿Cómo nació Proyecto Gómez CASA?

Empezó antes de llamarse así. Yo grababa música en un portaestudio Tascam 488, una máquina de cassette multipista. Empecé musicalizando muestras de artistas plásticos, historietistas, pintores. Después eso derivó en discos propios bajo el nombre Proyecto Gómez. En esa época vaciaba las casas donde vivía y convocaba artistas para intervenir cada habitación con un tema del disco. En una habitación sonaba un tema, en otra sonaba otro, en el baño pasaba otra cosa. La gente recorría mi casa escuchando el disco. Entraban doscientas o trescientas personas. Yo no tocaba: hacía tragos y recibía a la gente. El primer show de Proyecto Gómez fue en un túnel de Avenida Libertador, a la altura del zoológico, en La Noche de los Museos. Armamos una caverna dentro del túnel y toqué ahí. Desde el inicio la idea fue esa: transformar el espacio.

“Todo tocado, sin compu ni pistas”

¿Cómo funciona hoy Proyecto Gómez CASA?

Hoy es un dúo. Yo toco batería y canto, Pablo Bursztyn toca sintetizadores. Es muy electrónico, pero está todo tocado: no hay computadora, no hay pistas. El audio es electrónico, pero ves que está sucediendo ahí. A nivel visual y lumínico está Pilar Z, que compone y opera luces, y Serpiente Roja, que trabaja las visuales y pantallas.Ahora se abrió una compuerta fuerte en Europa. El último disco salió editado allá y estamos poniendo mucha energía en eso. Tocamos en La Plata, Rosario, Mar del Plata, y estamos preparando un vinilo que sale en Berlín. La gira arranca en octubre en Alemania y después sigue por España.

Piazzolla Electrónico y Nicolás Sorín.

También formás parte de Piazzolla Electrónico, el proyecto dirigido por Nicolás Sorín.

Sí, estoy desde el comienzo. El proyecto surge por los cien años de Piazzolla. En el CCK hicieron un homenaje curado por Pipi Piazzolla, y Nico Sorín decidió recrear el show que Piazzolla hizo en 1974 en el Olympia de París con su formación electrónica. Nico armó un seleccionado de músicos de palos muy distintos, ninguno necesariamente del tango. Eso fue una locura. Hicimos un show en la Ballena Azul, se agotó. Después otro, después Niceto, y terminamos tocando todos los meses durante años. Nico es uno de los músicos más interesantes de la escena. Es multifacético, multidisciplinario. Puede hacer arreglos para Nicki Nicole y al mismo tiempo tener proyectos under completamente deformes. En Piazzolla Electrónico no sólo armó la banda: vio algo en esos músicos juntos que tal vez otra persona no hubiera visto.

El regreso al trabajo de sesión: Melingo, K4 y Jaz Coleman. Durante años evitaste ser músico de sesión. ¿Por qué?

Porque quería desarrollar mi lenguaje personal. Veía muchos músicos de sesión que tocaban muchísimo, pero no desarrollaban proyectos propios o no tenían continuidad. Si estás ocho meses de gira tocando siempre lo mismo, cuando volvés tus ideas propias están infectadas por ese show. Yo quería encontrar mi forma de decir. Después apareció Daniel Melingo y me insistió muchísimo. Yo le decía: “Dani, no soy sesionista”. Y él me respondía: “No busco un sesionista, busco alguien que también produzca, que tenga una estética más electrónica, que sea multiinstrumentista”. Me pasó la música y pensé: “¿Por qué no dije que sí antes?”. Era una locura: música robótica, milonga, algo casi Massive Attack. Con él volví a trabajar como músico de sesión. Después grabé con K4, terminé tocando con él, apareció Catriel, Dillom participó en mi último disco, Catriel en el anterior. Se abrió de nuevo el mapa como baterista. También estoy tocando con Jaz Coleman, cantante de Killing Joke. Él vino a vivir a Argentina y armó una banda acá. Es una música muy oscura, muy loopeada, muy intensa.

«El músico muchas veces prioriza la técnica por sobre las ideas” Tocar bien, tener buena técnica a veces no es suficiente…

Es complejo, pero muchas veces la carrera del músico termina priorizando la capacidad técnica por sobre el campo de las ideas. Hay músicos que tocan muy bien, muy rápido, pero no son únicos. No tienen un lenguaje propio. Para mí lo interesante es ir a ver algo que me sorprenda. Después si me gusta o no me gusta queda en segundo lugar. No me importa tanto el juicio de valor. Me importa que algo me haga decir: “¿Qué es esto?”. Si todos somos distintos, cada baterista debería sonar distinto, cada bajista debería sonar distinto, cada película debería ser distinta. Cuando eso no pasa, a veces hay una búsqueda más comercial, más estandarizada, o menos riesgo artístico. Yo prefiero el camino donde aparece una voz propia.

Escuchar música, comprar vinilos y seguir buscando ¿Seguís escuchando música como búsqueda cotidiana?

Todos los días. Busco música todo el tiempo. Por un lado uso Spotify e intento engañar un poco al algoritmo para que me lleve a lugares interesantes. Por otro lado está el vinilo. Empecé a comprar muchos discos en los viajes y con mi familia nos sentamos a escucharlos. Para mí es fundamental que mis hijos puedan concentrarse en escuchar un disco entero. Compré Soulwax, Massive Attack, Chemical Brothers, Bowie, Michael Jackson, Pescado Rabioso, Los Redondos. Soy fanático de Spinetta. Para mí Spinetta no debería estar en un Top 5: Spinetta debería ser el espacio que habitamos. También estoy armando un proyecto nuevo para redes: ponerle batería a músicas que no tienen batería. Desde Ryuichi Sakamoto hasta temas de Spinetta o Tyler, The Creator. La idea también es mostrar marcas nacionales y generar contenido tocado, pensado y con una búsqueda real.

“No paro, pero porque me apasiona” Estás en muchos proyectos a la vez. ¿Cómo se sostiene eso?

Es un quilombo, pero una cosa nutre a la otra. Algo visual me puede dar una idea musical. Un arreglo musical me puede dar una idea para una ropa. Estoy todo el tiempo mezclando disciplinas. Vivo de esto desde muy chico. Para mí poder vivir de lo que te gusta es un montón, más en este país. Parte de la educación que les puedo dar a mis hijos es que me vean romperme el lomo por lo que me gusta. No hago cosas para tapar algo: las hago porque me apasionan.Nunca paré. En general, cuando trato de parar, me enfermo. Así que prefiero seguir.

“El instrumento te propone tocar distinto” En tu forma de tocar hay una búsqueda sonora muy particular. ¿Cuánto influye el instrumento en eso?

Muchísimo. El instrumento te propone tocar cosas distintas. Por eso para mí es tan importante tener diferentes instrumentos, diferentes afinaciones y diferentes configuraciones. No hace falta que sean instrumentos carísimos: se trata de armarse con lo que uno tiene y entender que el instrumento es un canal emocional y visceral.Yo tengo un vínculo muy honesto con la batería. Paso una cantidad absurda de horas arriba del instrumento y me pasan cosas emocionalmente cuando toco. Entonces el instrumento también termina moldeando las ideas.Y eso está muy ligado al vínculo con las marcas. Muchas veces el vínculo con una marca queda reducido a mostrar el logo para que te den algo. A mí me interesa otra cosa: entender que la marca puede ser una compuerta creativa. No es lo mismo tocar una Slingerland, una Gretsch, una Ludwig o una Yamaha. No producen lo mismo. Yo me despierto un día y digo: “Hoy quiero un bombo largo, con mucho room, algo más low”. Entonces armo determinada batería y esa configuración me termina llevando a cierta música.

“Tengo tres baterías que me llevan a lugares distintos” ¿Cómo es hoy tu setup?

Tengo una Ludwig de 1965 completamente original con bombo de 20. Después tengo una Slingerland New Rock de 1976 con bombo de 22 y una Yamaha Recording Custom del ’86 con bombo de 24. La Ludwig tiene tres capas y es más resonante, más melódica. Me lleva a grooves más abiertos, más largos, medio Saint Germain, cosas más atmosféricas. La Slingerland tiene cinco capas. Es menos resonante que la Ludwig pero no llega a ser seca. Me permite trabajar mucho con room y con graves. Y la Yamaha es una locura. Tiene siete capas, es mucho más seca y moderna. El bombo de 24 tiene un subgrave imposible. Ahí aparecen cosas más electrónicas, más drum & bass, más agresivas. También tengo distintos tambores Ludwig, hi-hats diferentes y configuraciones dobles. Trato de construir casi dos baterías dentro de un mismo set para poder moverme entre distintas texturas.

“Quiero lograr compresión electrónica desde la batería acústica” Tu audio muchas veces parece electrónico aunque esté todo tocado.

Porque me interesa muchísimo la música electrónica. Yo voy mucho a bailar electrónica y Proyecto Gómez CASA es una banda de música electrónica tocada. Entonces trato de llevar recursos de la electrónica -compresión, filtros, ataques- al lenguaje acústico. La batería no tiene perillas. Mi perilla es cómo agarro el palo, dónde golpeo, qué presión hago, cómo afino. Desarrollé una forma particular de tocar el hi-hat buscando justamente esa sensación de compresión electrónica. Hay grooves muy rápidos, muy matemáticos, muy ligados al drum & bass o al jungle, que son dificilísimos de tocar acústicamente. Y ahí aparecen afinaciones específicas, parches específicos y técnicas muy precisas. Soy muy obsesivo con eso. Estudié mucha técnica y para mí la técnica tiene que estar siempre al servicio de una idea.

“El vínculo con una marca debería ser creativo” También tenés una mirada muy particular sobre la relación entre músicos y marcas.

Sí. Muchas veces el músico se acerca a una marca solamente para pedir cosas. Y la marca busca a alguien que le dé visibilidad. A mí me interesa algo más creativo. Yo no quiero que una marca simplemente me dé una batería. Quiero ver qué me propone ese instrumento y qué puedo hacer yo con eso. Me interesa generar contenido, grabaciones, ideas, búsquedas. Con Istanbul Mehmet me pasó algo hermoso. Yo no tenía platos para grabar un disco y ellos me prestaron todo. Después empecé a generar contenido, a participar en eventos, a devolver desde el lado creativo. Y terminó viniendo Mehmet en persona y regalándome unos hi-hats firmados delante mío. Eso para mí es una relación real con una marca. Ahora incluso estoy pensando en desarrollar librerías de sonidos de batería para productores electrónicos: bombos, toms, platos, distintas afinaciones, distintos rooms, distintos ataques. Porque hoy gran parte de la música urbana usa baterías descargadas de internet y todo termina sonando parecido. Me interesa generar material orgánico, grabado acá, con instrumentos reales y búsquedas reales. Ahí siento que también hay una manera distinta de pensar el instrumento y el audio.

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