Murió Brian Wilson: el genio que encontró la armonía en medio del caos
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Por Hernán Rago
Fue el arquitecto de armonías imposibles y melodías que parecían flotar. Fue genio, sombra y sobreviviente. Murió a los 82 años el líder espiritual de los Beach Boys, después de una vida marcada por la belleza, la locura, el abuso y, finalmente, el amor.
No era fácil estar en la cabeza de Brian Wilson. Y, sin embargo, durante más de seis décadas, buena parte del mundo se dejó emocionar por lo que salía de ahí dentro. A veces eran melodías perfectas como una ola en cámara lenta; otras, un suspiro triste que parecía preguntar si el verano alguna vez volvería.
El 11 de junio de 2025, a los 82 años, murió una de las mentes más sensibles, complejas y revolucionarias que dio la música popular del siglo XX. Pero su música ya es eterna.
Fundador, líder, arquitecto sonoro, alma y faro de los Beach Boys, Brian fue mucho más que la postal californiana que vendía su grupo. Fue también su sombra. Un compositor brillante con oído absoluto, tan capaz de escribir hits adolescentes como de encerrarse durante semanas buscando el sonido exacto de una celesta en medio de una canción pop. En los años dorados del rock, mientras todo era fiesta, él ya estaba escuchando el futuro.
Su vida nunca fue fácil. Desde chico, la música fue su refugio y su condena. Su padre, Murry Wilson —ex músico frustrado, manager sin tacto y figura brutal— marcó su infancia con violencia y exigencia. Una vez, en un ataque de furia, lo golpeó tan fuerte que lo dejó sordo de un oído. Brian vivió toda su carrera escuchando solo con un lado. Pero lo que oía era suficiente para cambiar el rumbo de la música popular.
En 1965 escuchó Rubber Soul de los Beatles. Y algo cambió. “Fue un álbum conceptual en su estructura. Me hizo querer escribir algo que pudiera estar a la altura”, dijo años después. Así nació Pet Sounds (1966), el disco que convirtió la ansiedad en arte. Melódico y melancólico, ingenuo y sofisticado, Pet Sounds es una sinfonía de bolsillo sobre el amor, el aislamiento y la belleza. Paul McCartney lo explicó mejor que nadie: “God Only Knows es la mejor canción jamás escrita. Pet Sounds es mi disco favorito de todos los tiempos”.

La competencia se volvió admiración. Y también presión, ya que la respuesta de los Beatles a Pet Sounds fue nada menos que Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band.
Brian quiso ir aún más lejos. Soñó con una “sinfonía adolescente para Dios” y la llamó Smile. Era ambiciosa, abstracta, adelantada incluso para él. Pero los excesos, las drogas, la salud mental —ese fantasma que lo rondó siempre— sabotearon el proyecto. Lo que iba a ser el siguiente paso se convirtió en el último. Smile quedó inconcluso, como un rompecabezas con piezas mojadas. “Empecé a escuchar voces. No sabía qué era real. No podía continuar”, recordaría décadas después. Como muestra de lo grande que iba a ser ese disco, tenemos Good Vibrations, nada menos.

En los años 80, tras años de silencio y ostracismo, cayó bajo el control de un psiquiatra, Eugene Landy, que se convirtió en su tutor legal, su manager y su carcelero. Lo medicó en exceso, lo aisló, lo manipuló, incluso firmaba canciones como coautor. Brian no tenía teléfono, ni privacidad, ni voz sobre su propia vida. Era un genio sedado. Un artista secuestrado por su propia historia.
Y, sin embargo, como en sus canciones, Brian siempre tuvo una redención.
Contra todo pronóstico, logró volver. En los años 2000 sucedió el milagro: presentó Smile con una nueva banda y una voz un poco gastada, pero intacta en emoción. “Era algo que necesitaba hacer. Terminar lo que empecé”, dijo. Fue aclamado por la crítica y abrazado por su público. El hombre que había estado al borde del abismo, estaba por fin, en paz con su obra.
Desde entonces, grabó nuevos discos, giró, colaboró con músicos jóvenes y celebró el legado de los Beach Boys con dignidad. Aceptó que su voz ya no era la de antes, pero nunca dejó de cantar. Nunca dejó de buscar la belleza.
Fue el amor el que lo rescató. Melinda Ledbetter —su última esposa, su manager, su cómplice— fue quien lo ayudó a liberarse de Landy, a recuperar el control sobre su obra y su vida. Estuvieron juntos más de treinta años y adoptaron 5 hijos. “Ella me salvó”, dijo Brian más de una vez. Melinda murió en enero de este mismo año, y algo en él pareció apagarse de nuevo. Esta vez, para siempre.
“Cuando era joven, escuchaba cosas que los demás no escuchaban”, dijo una vez. “A veces eso me ayudaba a hacer música. Otras, me hacía sentir muy solo”. Tal vez eso lo defina mejor que cualquier elogio. Fue un artista que tradujo su sensibilidad extrema en armonías celestiales, pero que también pagó un precio altísimo por sentir tanto.
Hoy, Brian Wilson ya no está. Pero su legado está vivo en su obra, en cada nota de Wouldn’t It Be Nice, en cada suspiro de Caroline, No, en ese momento imposible en que God Only Knows parece suspender el tiempo. Lo suyo no fue simplemente la música pop. Fue vulnerabilidad hecha sonido. Fue el intento desesperado de un alma por sonar bella antes de romperse.

Y si bien es cierto que ahora hay silencio, también es real que su obra nunca resonó más fuerte.
Quizás, después de tantos años, hoy Brian encontró la armonía perfecta. Quizás, en algún rincón del cielo, está armonizando con Carl y Dennis, sus hermanos. Esta vez sin presiones, sin contratos, sin productores apurados ni demonios internos. Solo ellos tres, como al principio, cantando con los ojos cerrados, volviendo a ser felices una vez más.
Y ahora, por fin, el sol brilla por dentro y el verano va a ser eterno.

Que buen texto, me hizo emocionar