enero 2, 2026

«El Canciller», una masterclass de rock por Víctor “Vitico” Bereciartúa

10 minutos de lectura

Por Hernán Rago

En la fauna del rock local, muchos protagonistas publicaron sus memorias. A menudo, son libros llenos de humo y poco memorables. Pero ese no es el caso de El Canciller, la autobiografía de Víctor Bereciartúa, más conocido como Vitico: ladero histórico de Pappo en Riff y uno de los padres fundadores del rock nacional, aunque muchos quizás no lo sabían.

El libro está profundamente documentado, es vibrante, divertido y brutalmente honesto. Vitico lo describe como una especie de libro de autoayuda… pero al revés. No busca dar consejos ni moralejas. Su única pretensión es dejar testimonio, hacer memoria con gracia y crudeza, y sobre todo, con sentido del humor.

Su mirada sobre la vida es coherente con su obra: se ríe, hace el amor, toca rock and roll, y sigue adelante. Porque sí, el tipo sigue tocando. Y no piensa parar.

El libro es tan desestructurado como su autor. Llueve anécdota tras anécdota, y es también una especie de masterclass para entender el rock local desde adentro. Arranca con sus primeros pasos en Alta Tensión, La Pesada del Rock and Roll, La Joven Guardia… y sigue con su aventura en Europa a comienzos de los años setenta, que sería clave para lo que vendría: Riff. Esa experiencia, de la que surgió el tema No me fue bien en el extranjero, incluyó encuentros con músicos grosos y hasta la inspiración para una canción de The Who, nada menos.

El periplo europeo se pareció al que haría luego Pappo, y sería clave para que ambos coincidieran en una idea: había que hacer una banda de rock en serio. Así nació Riff. Pero también, como deja en claro el libro, comenzó una relación intensa, creativa y conflictiva: “Pappo era mi mejor amigo y mi peor enemigo”, escribe Vitico.

En El Canciller, Víctor Bereciartúa hace un recorrido honesto, ácido y visceral por su vida y su carrera. Pero también deja entrever una filosofía: la del músico que eligió el rock como forma de vida, no como un adorno. Vitico no endulza ni romantiza nada. Habla de drogas, traiciones, sueños cumplidos, guitarras invaluables, bandas imposibles y estudios míticos con la misma crudeza con la que toca su bajo. Esta charla fue una forma de extender ese viaje, sumando algunas postales nuevas, pensamientos sueltos y reflexiones que no entraron en el libro, pero que laten con la misma intensidad.

09 2021 Vitico Riff Foto German Adrasti

Hernán Rago (HR): ¿Por qué hacer un libro ahora?

Vitico (V): Porque era el momento. Porque tengo cosas para contar. Porque viví lo suficiente como para llenar varios libros, y este es el primero. Y porque me lo pidieron muchas veces, ¿viste? Así que bueno, acá está.

HR: ¿Es una autobiografía o una declaración de principios?

V: Es las dos cosas. Yo no separo mucho. Mi vida es lo que pienso y lo que toco. Si te cuento lo que viví, te estoy contando también en qué creo. Yo no vendo humo. Soy como soy, y eso está en el libro.

HR: ¿Te costó recordar algunas cosas?

V: Algunas sí. Porque pasaron hace mucho, o porque uno a veces bloquea cosas. Pero también hay recuerdos que están clarísimos, como si hubieran pasado ayer. Y eso es lo más fuerte: revivir momentos que te marcaron.

HR: El libro arranca fuerte: infancia, exilio, el regreso. ¿Por qué empezar ahí?

V: Porque eso me formó. Yo no soy un pibe de barrio que agarró una guitarra y listo. Yo me fui del país de chico, viví en otro idioma, me peleé con el mundo, volví sin entender nada… Todo eso me hizo. El rock vino después.

HR: ¿Y cómo vino el rock?

V: Como una revelación. Yo escuchaba jazz, blues, música clásica. Pero un día escuché a los Rolling Stones y dije: “Esto es lo mío”. Y ahí cambió todo. No fue una moda, fue una decisión de vida.

HR: ¿Qué encontraste en Londres que no había en Argentina?

V: Libertad. Londres en los 70 era una bomba. Música por todos lados, quilombo, creatividad. Allá nadie te decía cómo tenías que vestirte o qué tenías que tocar. Acá era todo más cerrado. Yo necesitaba volar, y allá volé.

HR: ¿Y por qué volver?

V: Porque extrañaba. Porque mis viejos estaban acá. Porque en el fondo soy argentino, aunque me guste el whisky escocés. Volví para tocar, para armar algo. Y eso fue Riff.

HR: ¿Cómo fue armar Riff con Pappo?

V: Fue explosivo. Pappo era un animal de la guitarra, y yo venía con todo el empuje de afuera. Nos entendimos enseguida. Éramos distintos, pero con la misma pasión. Y con la misma bronca contra la mediocridad.

HR: Riff marcó una época, pero también fue muy criticada. ¿Por qué creés que pasó eso?

V: Porque éramos peligrosos. Porque decíamos las cosas de frente. Porque no éramos simpáticos. Y porque no veníamos a complacer a nadie. Eso molesta. Pero al público le encantaba. Llenábamos donde fuéramos. Y los que nos criticaban, después se subían al tren.

HR: ¿Qué fue lo mejor y lo peor de esos años?

V: Lo mejor: la energía, los shows, la hermandad. Lo peor: las peleas internas, las drogas, la presión. Éramos jóvenes y salvajes. No teníamos red. Y a veces nos caíamos feo.

HR: ¿Te arrepentís de algo?

V: De muy poco. Quizás de haber confiado en algunos que no lo merecían. Pero de lo artístico, nada. Hice lo que sentía. Y eso no se negocia.

HR: ¿Cómo ves tú lugar en la historia del rock argentino?

V: Yo soy parte del comienzo. Estuve cuando no había nada. Tocar rock en los sesenta era un acto de locura. Éramos muy pocos. Pero no me importa tanto cómo me vean, la historia la escriben otros. Yo estoy tranquilo con lo que hice. Lo que pasa es que muchos se creen estrellas porque les fue bien con dos temas. Pero el rock no es eso. El rock es estar, bancar la parada, sobrevivir. Por eso sigo tocando. Mientras pueda subirme a un escenario, ahí voy a estar.

HR: En el libro hablas de haber perdido todo. ¿Cómo se sigue después de eso?

V: Se sigue con dignidad. Una vez me robaron hasta los calzoncillos. Pero si te caés y no te levantás, fuiste. Yo siempre me levanté. Porque tengo fe en mí. Y porque sé que lo que hago vale. Mirá, a veces el éxito está sobrevalorado. He visto tipos que la pegaron y terminaron destruidos. Yo prefiero tener una carrera, no un golpe de suerte. Y eso es lo que hice: una carrera.

HR: ¿Qué músicos argentinos respetás de verdad?

V: A pocos. Pero los respeto de verdad. A Ricardo Iorio, aunque no siempre estuviéramos de acuerdo. A Spinetta, que era un tipo que no necesitaba parecerse a nadie. A Charly, que aunque está pasado, fue brillante. Y al Carpo, claro. Porque era único. Y porque no se vendía.

HR: ¿Sentís que sos una figura incómoda?

V: Y sí. Porque no tengo filtro. Porque digo lo que pienso. Porque no transo. Y eso, en este país, molesta. Yo no soy políticamente correcto. No me interesa caerle bien a todo el mundo. Me interesa que la banda suene, que el público goce, y que yo esté bien con mi conciencia.

V: Me han dejado afuera de cosas, claro. Pero también me han respetado. Porque al final del día, la verdad se impone. Aunque sea tarde.

09 2021 Vitico Riff Foto German Adrasti

HR: ¿Cómo fue la experiencia de escribir este libro con Martín Graziano?

V: Martín es un crack. Yo tiraba la anécdota, y él la volvía literatura. Se bancó todo: mis puteadas, mis olvidos, mis locuras. Nos reímos mucho. Fue un proceso divertido. Y también sanador. Porque al contar, entendés cosas que antes no veías. A veces me emocionaba contando. Otras, me daba bronca. Pero siempre fue real. Eso es lo que más me importa: que el libro sea auténtico. No es una operación de prensa, ni una pose. Es lo que viví.

HR: Vos encontraste tu destino en la radio del auto de tu papá escuchando a Elvis. ¿Creés que hoy a los músicos nuevos les puede pasar algo así?

V: Mirá, sí, eso fue un momento bisagra. En el auto, mi viejo me pasó dos o tres veces. Primero cuando escuché “El rock de la cárcel” de Elvis, después “I saw her standing there” de Los Beatles. Y más adelante, no ya en el auto, cuando escuché a Creedence Clearwater Revival, fue un antes y un después. Dejé la facultad ese mismo año. Dije: “Yo tengo que hacer esto”. Y lo hice, eh. Lo hice y eso para mí fue cumplir mi sueño. Es un orgullo poder decir eso, loco. Y otro orgullo igual de importante es que nunca garqué a nadie. Eso te permite dormir tranquilo, porque quiere decir que no necesitaste pisar a nadie para llegar. Y mirá, las ganas siguen. Las mismas que tenía a los 17 las tengo ahora, pero mejor canalizadas. Sigo tocando, sigo buscando ese momento mágico en que la banda suena como las que escuchabas de pibe. Y cuando eso pasa, la felicidad se transmite. A la gente, al lugar, a todo.

HR: ¿Qué impresión te dejaron los músicos nuevos cuando fuiste jurado en Rock del País?

V: Estuve dos años ahí, viendo bandas de todos los estilos. No solo del que me gusta a mí, de todos. Y vi cosas buenísimas, bandas que sonaban tremendo. Pero el sistema no quiere músicos que suenen bien. Quiere gente que se deje manejar, que quiera ser famosa más que buena. Y muchos pibes, con tal de pegarla, aceptan eso. Entonces, ¿qué pasa? Al público le dan una porquería, a los músicos les pagan dos mangos, y los que se llenan de guita son otros. Los pibes que tocan bien no tienen espacio. Me acuerdo de unos que se llamaban Perros de Presa, un trío de La Plata que sonaba como cinco. Una locura. Pero no los ves en ningún lado. Es triste e injusto. Y no tengo nada personal contra nadie, pero no puede ser que lo máximo que se impulse sea algo como lo de L-Gante. No tiene ritmo, no es música. Está todo demasiado armado para vender una idea. Eso sí, una vez en Córdoba fuimos con Riff a un boliche de cuarteto, y no sabés lo que tocaban los tipos. Cumbia de la buena. Sonaban bárbaro. Los Wawancó eran una bomba. Y Los Palmeras, ni hablar. Una vez me dijo un amigo: “Víctor, si vos tocás el bajo con Los Palmeras, es como tocar en River”. Y tenía razón.

HR: La sensación que me dio al leer el libro es que los que eligen el rock como forma de vida lo hacen con una intensidad e integridad muy particulares.

V: Y sí. O lo hacés así o no lo hagas. Porque si no, lo pagás en algún momento. El tiempo que desperdicias en lugar de ser productivo, por algún lado te vuelve. Un ejemplo es cuando vas a grabar al estudio, hay que ir sabiendo lo que vas a hacer, grabar bien, mezclar bien, aprovechar el tiempo.

HR: En el libro hablas mucho del Portugués Da Silva, un reconocido ingeniero de sonido, ¿qué nos podés agregar?

V: Yo grabé mucho en los estudios Ion con Jorge Da Silva. Jorge es lo más. No solo sabe todo lo que hay que saber, también te hace reír, te levanta el ánimo cuando estás bajón grabando. Lo conozco desde el ’86. En el 2018, volvió a saludarme. Está igual, no le pasó un minuto. Tiene un estudio nuevo con una consola Neve de 44 canales. Solo él puede tener algo así. Es un fenómeno. Igual no me olvido de otros capos como Álvaro y Gonzalo Villagra. Son más jóvenes, pero también unos genios. Y te digo algo más: la mejor guitarra que tengo me la regaló Da Silva. Una Telecaster original, de las primeras.

HR: ¿Qué pensás que puede aportar este libro a los músicos nuevos?

V: Mirá, si puedo dar un consejo es este: todos en la banda se tienen que escuchar entre sí. Nadie tiene que tocar más fuerte que el otro. Eso crea armonía. Y la armonía no es solo musical. Es algo más profundo. El sistema planetario, el universo, todo se mueve en base a sonidos armónicos. Aunque no los escuchemos, están. La Tierra gira a 180 mil kilómetros por hora. Si no hubiera armonía en los sonidos de los planetas, todo se descontrolaría. Hay una nueva ciencia, la sonoarqueología, que estudia cómo las civilizaciones antiguas pudieron mover piedras gigantes con sonido. Suena loco, pero tiene sentido. Y sí, creo en esas cosas. Creo que no somos los primeros en este planeta. Tiene 4.500 millones de años.

HR: ¿Tenés un mensaje final para el que lea tu libro?

V: Que se anime. A vivir, a tocar, a equivocarse. Que no espere la aprobación de nadie. Que no se haga el artista, que sea artista. Y que si va a rockear, lo haga con el corazón, no con la cabeza.

V: Y si después de leer este libro, alguien agarra un bajo y arma una banda… misión cumplida.

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